Santa Maradona

Juernes | 19 de Abril del 2007

Ella, Claudia

Marta Pereira Peirano (en lo seguido La Doña) escribió el otro día solicitando aportes para un homenaje conmemorativo que montaba con ocasión del aniversario de H.P. Lovecraft. No era en joda, el compilado que ha hecho tiene cthulhu hasta para tirar pa'rriba. Yo no le he enviado mi aporte y ya sé lo que estas pensando blogosfera, pero aun no te puedo decir lo que se siente darle El No a La Doña. Es una vaina arriesgada.

Pero he pensado en el tema, y a veces la personalidad es lo que vale. Pensé por ejemplo en comentar sobre lo genial que es ser escritor y tener un nombre como Lovecraft. Es como llamarse Chipman y trabajar en una empresa de semiconductores o llamarse De La Red y jugar en un equipo de fútbol. O llamarse Grosso y, bueno, estar vivo. Pensé también en contar la anecdota aquella de cuando el grupo de evangelicos amigos de mi madre descubrió en la casa una copia del Necronomicon. Pero he querido evitar el tema por dos razones: para evitar el debate ahora sobre la existencia o no del libro en cuestión y además por no querer revivir la experiencia familiar de crecer con una madre evangelica y un padre catolico. Ellos se llevaron bien, pero esa vaina le jode el coco a uno que apenas estaba empezando. También pensé en hablar de Lovecraft contando la historia de una mujer que lo quiso con desvelo. Ella se llama Claudia y esa historia no tiene un final feliz.

Por la época en que Lucho Herrera dejaba regados a moros y cristianos en Alpe D'huez, mis objetivos principales eran dos: evitar que los profesores descubrieran el radiecito de pilas que metia de contrabando a las clases para mantenerme al tanto de las aventuras de nuestro hombre en Francia y hacer todo a mi alcance por que Claudia me diera un beso. Dejemos en claro que lo nuestro, lo de Claudia y yo, se trataba en ese momento aunque no siempre lo fue de una atracción de un estricto caracter unilateral. En donde el uni venía siendo de parte mia. Pero no era esto un tema de caprichos o terquedades mal habidas, todo lo contrario, esa mujer me lo despelucaba con furia, y en mi visión proactiva de las cosas ella era dueña de lo que quince años después iba a ser un culo de exposición.

Claudia estaba en un grado de secundaria mayor al mío. Era imposible, pues, verla con frecuencia o impresionarla con mi superlativo ingenio, mi sentido del humor fuera de este mundo o mi perspectiva lirica del mundo. Solo tenía los recreos para poner a funcionar mi magia y, seamos francos, para un romance otoñal ese tiempo era suficiente pero nunca para un bohemio incurable. Mi oportunidad llegó con el nuevo programa piloto de enseñanza del inglés que iba a tener lugar en el Colegio. La idea era que se iba a dividir al grupo estudiantil segun su nivel de manejo del inglés irrespectivamente del grado de secundaria en el que se estuviera. Eran siete niveles y uno podía subir de nivel (o bajar) segun su habilidad (o necesidad). Cuando los examenes clasificatorios terminaron, Claudia terminó en el nivel más alto, al que llamaban Sección Inglesa y en el que no se estudiaba con libros de texto sino que se jugaba scrabble, se veian peliculas de akira kurosawa con subtitulos en ingles y se leian novelas en ese lenguaje. Yo, en cambio, después de mucho sacrificio, clasifiqué al nivel 0 ("Beginners"), uno más abajo del "Basic", siete más abajo de mi objetivo y al lado de mi amigo El Turco Pretelt que terminó en ese grado por una confusión de su evaluador. Le había preguntado por como se dice Nariz en ingles, el respondio acertadamente Nose que se oyó en todo el salón con un acento muy cordobés como No sé. Cuando El Turco y Claudia se casaron, muchos años después, El Turco animó a los invitados y calmó los nervios propios contando esa anecdota, Claudia, muerta de risa, comentaba sobre las vueltas que de esta vida nuestra que de no haber sido por Maximiliano, el padrino, aqui presente, y que nunca consiguió lo que estaba buscando, no estuvieramos hoy contando el cuento.

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