Santa Maradona

Juernes | 25 de Julio del 2002

La balada triste de Meneito Mendoza

En todos esos años de mi juventud costeña no hubo muerto al que le quedamos debiendo alguna de las nueve noches. Los que atendíamos el funeral mirabamos desde la barrera a los dolientes, con los ojos clavados en el piso en cada vahído de la viuda. Todos ayudabamos a conseguir el hielo para evitar que el difunto empezara a oler de más. Todos ayudabamos a cargar la caja (y como pesaban las condenadas) y caminabamos hasta el cementerio (que antes de que viniera el progreso nos quedaba en las afueras) mientras estas morenas que nadie sabía con certeza de dónde venían, cantaban con una melancolía tal que a uno mismo le daban ganas de morir también. El sacerdote en la misa, el muerto a tierra y nosotros de vuelta a la casa del difunto a tomar café y a recordar lo bueno que era cuando estaba vivo. Durante nueve noches.

Esta mañana venía camino al trabajo y ví pasar un funeral. De esos de los de ahora. Sin lágrimas de pena. Con la caja y el muerto dentro de un auto que parece robado de Ciudad Gótica y una fila impersonal de otros tantos en los que apenas uno distingue estas mujeres escondidas detrás de un velo negro y que van por la vida, como dicen los fieles a la vega, ojeando en lo oscuro a ver si algo puro se les cruza al caminar. El problema sigue siendo el mismo. Que a los muertos no los lloran como antes.

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