Las mujeres de Medellín son de culos grandes, redondos como melocotones gigantes, hostigados para siempre por la presión inobjetable del low riser.
Las mujeres de Bogotá son de culos incipientes, no planos como tablas sino de relieves modestos. Pero es cierto eso que dicen que una puerta no se cierra antes de que se abra una ventana, porque lo que cerró por debajo se abrió por arriba. Las mujeres de Bogotá son de tetas grandes, rigidas y maleables a la vez, liberadas para siempre por el avance inobjetable del escote profundo.
A las dos ciudades las separan cuatrocientos kilometros y un poco más. En la mitad del camino los dos paradigmas alcanzan el balance perfecto: El Dorado que nunca encontramos.
Interesante analisis, me gustan estos post salidos como de la nada.
por: Sergio Acevedo Valencia · Diciembre 27, 2006 07:04 PMSaludes desde Manizales.
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